2 de septiembre de 2010

Lecturas vacacionales (o vocacionales)

Una lectura muy interesante:

(...) Puede decirse por tanto que, en la sociedad belga, la separación entre Iglesia y Estado es completa en el marco de un pluralismo cívico aceptado por todas las partes, incluidos, por supuesto, los obispos.

Pero no tengo tan claro que en España estemos en este punto. Y el posicionamiento del magistrado del Constitucional me lo sugiere aún más. La influencia de "lo católico" sigue sobrepasando claramente los límites de lo aceptable en una sociedad pluralista y democrática. Es grave, a mi modo de ver, que alguien pueda pensar que la constitucionalidad o inconstitucionalidad de una ley pueda ser evaluada con un instrumento distinto al de la propia Carta Magna. Menos aún, con el catecismo de la Iglesia católica. Y es que los funcionarios públicos deben tomar decisiones basadas en el interés público, no en sus presupuestos morales privados.

Aunque todas las personas tengamos dichos presupuestos, basados o no en convicciones religiosas, cuando los que desempeñamos funciones públicas -jueces, médicos, militares, políticos- actuamos en el ejercicio de nuestro cargo debemos ser capaces de ponerlos entre paréntesis. Sólo podemos guiar nuestros juicios y nuestras actuaciones por los valores de una ética cívica pública y por la ley. Si no somos capaces de hacer esto, entonces, por coherencia y honestidad, debemos dimitir.

Así lo hizo, aunque solo fuera transitoriamente, el rey Balduino de Bélgica cuando se aprobó la ley del aborto: no quería sancionar una ley que iba en contra de su conciencia privada, pero no podía, como cargo público, bloquear una ley aprobada por la mayoría de los ciudadanos. (Más información)

No entender ni aplicar estos conceptos constituye, a mi modo de ver, un ataque frontal al pluralismo, al bien común, a la esencia de la democracia. No es que nuestro alto Tribunal esté como para dar mucho ejemplo de nada, gracias a la inestimable colaboración de los partidos políticos, pero me resulta impensable que un magistrado del Constitucional pueda permitirse incurrir en un error tan tremendamente grave que nos devolvería a oscuros tiempos pasados de los que pensábamos que ya habíamos salido.

Artículo íntegro AQUÍ.