16 de septiembre de 2010

Capicúa



He de reconocer que me encantan los viejecicos. Tal vez se deba a que mis abuelos vivieron sus últimos años en nuestra casa, y aquí se fueron "aniñando" poco a poco hasta que, al fin, recorrieron el mismo camino que cuando nacieron... pero a la inversa: fueron des-aprendiendo, perdiendo habilidades.

Mis abuelos murieron en casa. Fuimos sus cuidadores y acompañantes en ese proceso por el que los cuerpos se apagan. Mi abuela fue un encanto de persona hasta el último suspiro. Mi abuelo, por contra, nos hizo padecer bastante: sus últimos meses los vivió con una nula calidad de vida, y eso se traslada a los cuidadores. Pero de todo se aprende. Y, créanme, hay mucho, mucho que aprender de una persona que ha vivido casi un siglo...