29 de junio de 2010

Hay una especie de círculo vicioso entre el productor y el producto, un trayecto enigmático y misterioso que se puebla de fantasmas y sueños de la razón.

En el imaginario social persiste aún el icono decimonónico del charlatán calvo vendiendo crecepelo, la del curandero cojo, la del óptico con lentes descomunales, personajes todos ellos que no sólo acaban mordiéndose la cola, sino triturándosela y atragantándose con ella.

Hay una cierta tendencia a demonizar la economía del autoabastecimiento, a crear un universo de duda en el hueco donde el neocapitalismo factura la plusvalía. La producción, que en el mercado siempre tiene un signo positivo, se vuelve inexacta e inconcreta si cumple fines de retroalimentación.

Si el dueño de la Ford tiene un Mercedes, las acciones suben. Si Bill Gates usa un Mac, todos ganamos. Si el herrero corta con cuchillo de palo, todo está bien. Parece una tarea necesaria la de deshumanizar el producto para que éste adquiera valor, desprenderse de su contingencia, volverlo innecesario y ajeno para el propio fabricante. Dejar de amarlo para que empiecen a amarlo otros. En cierta manera, «estar en el mundo» se convierte en la conclusión de un silogismo cuyas premisas son: Yo produzco mierda, a la gente le gusta la mierda.

Los tiempos modernos no gustan de curvaturas ni parábolas en la subsistencia, prefieren las conductas lineales y ascendentes, canonizan las ecuaciones x+1=y cuya manifestación sobre el eje de coordenadas es un homogéneo itinerario hacia el éxito. Y destruyen cualquier posibilidad de dibujar una espiral que se cierra sobre sí misma, que describe un camino hacia el centro de uno mismo.

El feedback suena pretérito, onanista, egocéntrico, insustancial para la buena marcha globalizadora, es insumiso, es decadente, es un círculo que encierra al propio individuo y lo aísla, lo hermetiza, lo blinda frente a un coliseo social donde todo el público ha bajado de las gradas y lucha sobre la arena.

De pequeño siempre me pregunté por qué la mujer del kiosco no parecía darse un baño de maravilloso azúcar todos los días. Ahora que soy mayorcito y conozco las leyes del mercado porque no hago otra cosa que comprar, ahora, me doy cuenta de que disfrutar con lo que se vende es perder por partida doble. Pierdes la mercancía y pierdes el valor de ésta.


Todo lo explicado hasta ahora dibuja en cuatro sencillos trazos la trágica trayectoria (tra, tra, tra) literaria de un universo despoblado de autoestima, de autocrítica y de autorreflexión. Canonizamos los procesos que nos llevan a desposeernos de lo que somos y adquirir con fervor lo que nunca seremos.

El poema ha dejado de ser un núcleo de autogestión, una partícula voluntaria y somatizada que funcionaba al mismo ritmo de sístole y diástole que el autor. Ahora el poema ingresa en el mercado nada más ser pronunciado. Se escapa, se aleja, corre a dos millones de baudios por segundo, es una partícula lumínica que nunca mira hacia atrás. Y es así como se gana. Y es así como se triunfa. Y ésa es la manera de pronunciar la presencia en este mundo.

Y sin embargo, concluiréis, queridos amigos, que éste no es vuestro caso, que a vosotros la cosa os mana de dentro. Que el poema del diabético está compuesto de versos hiperglucémicos, que la poesía del gordo está en alejandrinos redondos, que el huérfano escribe en versos blancos y que la niña sólo hace estrofas sobre la arena de la playa. Sois simples variaciones de un mismo producto. Como el Scottex de doble capa, de triple capa, de cuádruple capa, de olor a menta, acolchado, extra-largo, familiar. Si algo quería hacer al escribir todo esto, no era precisamente pensar con qué se limpia uno, sino más bien invitar a una reflexión sobre nuestro propio culo.

Recuperado de cierto lugar.

2 comentarios:

Robin Jud dijo...

Dios mío.

(A buen entendedor, pocos emoticonos bastan).

J.Abenza dijo...

enormérrimo el autor